Mi encuentro con el vino tiene raíces muy lejanas en el tiempo. Siendo maestra de escuela primaria, los alumnos pisaban la uva, en el período otoñal, para recorrer los distintos momentos del proceso de vinificación.
El interés por el vino siempre ha estado vivo en mí, tanto que en la mesa, en las ocasiones y celebraciones importantes, ha estado presente de manera significativa.
El vino favorece la convivialidad, aporta bienestar y alegría consumido en la justa medida; en definitiva, es una bebida de innumerables cualidades.
Un encuentro deslumbrante ocurrió con un uvaje bordelés, dos botellas magnum de "ORNELLAIA", de las añadas 2005 y 2006. No exagero al calificar de "deslumbrante" aquel acontecimiento, ya que jamás había degustado un vino tan bueno, de sabor refinado y con un aroma suave, para saborear lentamente y captar todos los matices que de otro modo habrían podido escaparse al paladar.
Incluso con el paso del tiempo, el recuerdo del gran vino de Bolgheri está vivo y presente; casi parece volver a saborearlo de nuevo, con un placer indescriptible, un néctar de color rojo-brunáceo que remite a aquel vino de grandísima calidad cuyo nombre "ORNELLAIA" indica un producto de indiscutible valor.





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