VINOS TINTOS
  • 6 DE SEPTIEMBRE DE 2014
  • 9 min
  • 74 lecturas

Nabucco di Monte delle Vigne: Una Sinfonía.

Es un I.G.T. Emilia, cultivado en Guyot simple, un Rosso dei Colli di Parma "musicalizado" en aquel de Ozzano Taro. El nombre es lo primero que atrae la atención. Altisonante. Grave. Altivo. Infunde casi temor en las ganas de llegar a ese sorbo capaz...

Mark Basilico

por Mark Basilico
Sumiller

Nabucco di Monte delle Vigne: Una Sinfonía.

Es un I.G.T. Emilia, cultivado en Guyot simple, un Rosso dei Colli di Parma "musicalizado" en aquel de Ozzano Taro.

El nombre es lo primero que atrae la atención. Altisonante. Grave. Altivo. Infunde casi temor en las ganas de llegar a ese sorbo capaz de revelar cada secreto, haciéndote enredar impaciente en la inconsistencia de tus pensamientos. NABUCCO. Un nombre difícil de cargar, ebrio de énfasis, que podría custodiar mal la amenaza de un ridículo espantoso, justo ahí, a la vuelta de la esquina.

La etiqueta la estuve mirando en casa, días y días después, con calma, indagándola por cada lado. Da ganas de decir "alma negra sobre corazón blanco", en el eterno dilema entre el Bien y el Mal, singular duelo entre los opuestos que se atraen, pero sería como explorar un confín brumoso cuya solución solo podría entrever tras algunos vasos colmados y una generosa reserva de cachet.

El encuentro-choque, aquí, en este Nabucco, es entre dos noblezas, Barbera y Merlot. Se encuentran y se aman, al principio algo tímidos, luego sin frenos inhibitorios. Es la hembra quien corteja (y sí, la Barbera es mujer y el debate me intriga; ay, disquisir sobre el sexo de los vinos es como disertir, ni más ni menos, sobre el de los ángeles). 70% de "Dama Barbera", 30% de "Messere Merlot". Se degusta el equilibrio entre las partes. ¿Encuentro romántico o bacanal? La duda permanece y así sea. Cada uno encontrará en él su propio deseo.

Cosecha a mano con selección de racimos, la elección que revela la ambición de exprimir lo mejor de cada grano. Fermentación lenta, flemática. 40 días con maceración sobre los hollejos, para acumular extractos. Arrullado 12 meses en barricas de roble de Allier, departamento francés entre el valle marcado por el Loira y las cimas ya no tan agudas del Massif Central, para suavizar los taninos, para que puedan entrar en intimidad entre sí y dar así un toque gentil al vino. Embotellamiento sin filtración y afinamiento anual, una vez encerrado en su abrigo de vidrio.

Hagamos las cosas bien, volvamos atrás. La máquina del tiempo para este viaje será nuestra memoria.

REWIND.

Estoy en el "Parma Taste of Future", Media Room "SQcuola di Blog" (escrito exactamente así, con la "scu" estrafalaria), un evento enogastronómico que pone en exhibición (y en el bolsillo) las excelencias de un territorio, la tradición que vive en el presente.

Me pierdo en la agradable frivolidad de algunos blancos y de un Champagne Rosé, que aún rezuma hielo y Belle Époque. No estoy satisfecho. Falta, falta todavía un golpe al corazón, un tinto de otros tiempos, un tinto de verdad. Y ahí está frente a mí. Ya lo había estado mirando al pasar varias veces junto a él, esperando la ocasión propicia. El color es oscuro, intenso, casi impenetrable. Espera ser llevado, por un solo instante, hacia la luz de la ventana, para mostrar su tinte, la cromía que viste. Rojo rubí vívido e intenso. Reflejo purpúreo. Aquiescencia plomiza. Y entre una mirada y otra deja entrever en sí un destello violáceo, reverberación de seda y voluptuosidad.

Algo denso atrapa el paladar, encuentro entre la dulzura de las palabras de quien está a mi lado y el aire que desde fuera me invade. Cálido se insinúa en la conversación, entre frases dichas y no dichas y pensamientos que permanecen ocultos en nosotros. Las oleadas rojas me mojan los labios como acariciándolos, casi un beso. Suspiro. Quiero hablar de esto con la perspectiva del tiempo. No ahora, no en este momento.

Estamos en un antiguo palacio del centro, engalanado para acoger y dar refugio a quienes saben lo que buscan. En exhibición, bodegas que forman parte, a excepción de los invitados franceses, del... lo digo todo de un tirón... "Consorzio per la tutela dei vini dei Colli di Parma".

Y la frescura se encuentra en el vino, en los gestos, en mirar a nuestro alrededor. En el momento prevalece el sabor ligero y chispeante de alguna copa de Malvasia que enfría con alivio el calor estival nublando no solo la mente sino también el juicio. Lástima que el Nabucco esté a temperatura ambiente (en la mayoría de los casos estaría bien, hoy no) y estas paredes, aunque antiguas, no ayudan a conservar su sabor, incapaces de atenuar su excesivo recalentamiento.

Debería seguir una línea lógica. "Regla Número Uno" del Manual del catador perfecto (o algo así): no dejarse influenciar por factores externos. El único problema: cuando los "factores externos" son personas, no es nada fácil... ¡Al diablo! No consigo separar estos aspectos... Chirrían con el sentido que lleva en sí el intercambio de emoción de un brindis.

Culatello di Zibello, Coppa di Parma, Salame Felino, no está mal como acompañamiento. He tenido la oportunidad, en estas salas, de degustar toda clase de capricho del gusto, pero ya me he perdido... Estaba rumiando sobre el salmón ahumado probado hace un momento, servido en pequeñas barcas de madera fina; cuánto me habría gustado acompañarlo con un buen Frappato, uno de esos que yo sé (pero esa es otra historia).

Olamos, vamos...

¡Cautivador! Con amplias sensaciones. Qué decir, intenso y potente, sobre notas de fruta roja, oscura, oscurísima, madura quizás aún más. Sotobosque, pulpa y mermelada. Violetas y regaliz y especias, muchas especias. Clavos de olor y pimienta negra, un susurro lejano de jengibre, y algo un poco vago, como el aroma del incienso. Y canela y bayas de enebro y destellos, pellizcos, que saben a cacao amargo se funden y se confunden con los del café y el tabaco (vaya, cuántas cosas percibo aquí adentro, ¿habré exagerado con los efluvios del alcohol? ¡Y qué diablos! El vino no se degusta, se bebe).

Cadenciosa y lenta, límpida lacrimación. Arquillos indóciles que se espesan como los tramas de un adamascado. Juvenil al sorbo, vibrante, en el paladar es un vino tenaz, de aroma persistente, de una persistencia lograda. Gran personalidad, rica extracción. Taninos suaves, aún inmaduros, casi gotas de raso. Estructura envolvente, equilibrada. Final largo y elegante, estela de suavidad y redondez que se escapa cuando menos te lo esperas, con el Merlot que apaga revivando el ímpetu de la Barbera que finalmente, agotada por el abrazo, se nos entrega.

Precio: por debajo de los 20 euros o a veces pocos más. Temperatura de servicio: 16-18° C.

El Nabucco lo quiero fresco, digo fresco no frío. Refrescado. Para hacerse una idea. Un brindis al sol lo llevará pronto a rendir, pero los primeros sorbos serán despreocupada evasión. Antes de beberlo, apenas un cuarto de hora en la nevera.

¿Reservas sobre el juicio? Podría haberlas. Prometo volver a saborearlo en cuanto sea posible, libre de distracciones.

RESET.

Han pasado algunos días. La memoria me obliga a retroceder en el tiempo. A esa hora, a ese instante. ¿Lúcido ahora? No sabría decirlo. No importa, por otro lado.

Se hacen recuerdos con este vino, preciosos y raros. Y cruzas las miradas, como entonces, aunque solo sea en la mente. Y vuelves a ver los rostros de quienes contigo brindaron... «O membranza sì cara». Y cuando oyes nombrar el "Nabucco", piensas más en el vino ahora y no en la ópera de Verdi. A escondidas una botella, para llevar al teatro. Dos copas. Cin Cin. Y la Traviata. Quisiera decir Bohème, pero parece atrevido semejante maridaje.

NABUCCO. ¿Oda al ego de Verdi o de quien hace sus veces?
El vino de Monte delle Vigne transmite todo el carácter de un ejército a las puertas de la ciudad, recién llegado, que obliga a la rendición. ¡Y que sea asedio! Sí a ser rehenes. Cada gota una nota arrancada a la partitura verdiana, musicalidad en el paladar.

¿Maridaje? Ideal con carnes rojas, estofados y asados, pero no nos interesan los recursos banales. Querría algo más refinado, una inusual distracción, con la elegancia de un Teatro Regio. Hmm. Los funghi porcini me los guardo para el invierno. ¿Parmigiano Reggiano? ¡Perfecto! Pero lo descarto... ¡Demasiado obvio!

Pienso en una cocina de corte, de tiempos antiguos, bajo los muros de un castillo o de una mansión algo decadente y desvaída. Choque de armas y armaduras, el suave rozar de un velo de cortesana y un buen jarro colmado, de madera o piedra ollaria. Antorchas encendidas, de fondo un arpa o algún monje que gozoso (y achispado) ríe y canta, y una mesa dispuesta en círculo para poder mirarse, con en medio sobre la bandeja un jabalí de Erimanto o Calidón.

La Propuesta Indecente. A última hora de la noche, cuando el viento sopla y se muestra en vena de mimos, al aire libre viendo el cielo... solos o en compañía... Spaghetti grezzi sobre crema de pecorino y pimienta negra, y pan crujiente engalanado con hierbas aromáticas recién cogidas, para desmenuzar sobre la pasta.

En la salsa he añadido un Rosmarino aplacado por los soplos del mar, franja de un frondoso arbusto esculpido por los caprichos y los enfados de la noche, a merced de las olas que de las olas se alimenta. Asomaba de la arena a escasos pasos del agua, a modo de silencioso cascabel, desvanecimiento de un verde claro e historia de la noche que persigue al día y solo por unos instantes puede encontrarlo. Historias de infatuación que ocurren en el minúsculo punto de sutura entre la orilla y las estrellas.

Su fragancia me invade de nostalgia por una luna llena que está a punto de llegar a su fin. Y lo que queda es un pensamiento de alma frágil y cortés que, embriagador, alegra mis sentidos. Inhalo y saboreo el perfume pleno del verano y la sustancia del Nabucco.

Alma Negra Sin Pudor... En la elegancia de un sorbo que se convierte en Sinfonía.

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