Ya hemos hablado de la cantina abrucesa Marramiero. Lo hicimos contando la historia de un espléndido Trebbiano d'Abruzzo Altare de 18 años, un vino increíble por sus aromas y vivacidad, con una acidez aún sorprendente y una notable persistencia gustoolfativa percibida tras la deglución.
Pensábamos que era una excepción magnífica, casi un caso, un golpe de suerte, un episodio aislado. Evidentemente nos equivocábamos. No porque en nuestro panorama vitivinícola no existan botellas de similar longevidad –aunque, especialmente en los vinos blancos, estas no sean tan frecuentes– sino más bien porque nos parecía imposible que la misma bodega pudiera contar, entre sus creaciones, con otro vino monumental. Monumental y longevo.
Volvemos pues a Marramiero. Pasamos a visitarlos en el Vinitaly para felicitarlos en persona por el Trebbiano Altare, después de haber escrito sobre él en Wine at Wine. Aquí somos recibidos con calidez y profesionalidad, degustamos los principales vinos producidos sobre los que no escribiremos y... ya la primera sorpresa: abren para nosotros otro Trebbiano d'Abruzzo Altare de 1996. No me extenderé ni sobre el imprevisible acontecimiento, ni sobre las emociones vividas.
Degustando los vinos de la bodega, ya habíamos probado dos añadas de Montepulciano d'Abruzzo Inferi Riserva: el 2010, actualmente en el mercado, oscuro, potente, afrutado, jovencísimo con una acidez y un tanino enormes; y el sorprendente 2003, que, a pesar de haber sido producido en una de las peores añadas que se recuerdan (a causa del infernal calor estival que comprometió la cosecha en vastas áreas del país), no era mermelado, sino que mantenía un perfil austero, aún fresquísimo, vivo.
Ya podríamos habernos dado por satisfechos, pero los Marramiero –y aquí la segunda sorpresa– no contentos con los positivos comentarios recibidos por las anteriores muestras de 2010 y 2003, nos presentan una botella de Inferi 1994. El vino es abierto, vertido en un decanter y, mientras esperamos que se oxigene un poco, nos es contada su historia....
Las uvas se producen con el sistema de la pergola abrucesa en los viñedos situados en Masseria Sant'Andrea di Rosciano. Viñas viejas, de más de cuarenta años, con una exposición óptima al sureste. El rendimiento por hectárea no supera los 70 quintales y la vendimia es típicamente tardía a finales de octubre, como en la tradición del Montepulciano.
En bodega, la fermentación sobre las pieles se produce a temperatura controlada entre 25 y 30 °C durante aproximadamente una docena de días. Tras el descube comienza la crianza, primero en contenedores de acero durante 18 meses, para continuar en barrique por otros 18 meses. El vino ya listo es entonces embotellado y se estabiliza en botella durante al menos 6 meses antes de ser introducido en el circuito comercial. ¡Al menos, eso! Y, al parecer, en estos veinte años el modo de producir el vino, desde el viñedo hasta la bodega, no ha cambiado particularmente.
El vino nos es finalmente servido en copas amplias, de modo que también durante la degustación se favorezca la oxigenación tras el paso por el decanter. Nos damos cuenta enseguida de que el tiempo ha sido insuficiente. El Montepulciano está aún demasiado cerrado: esperamos conversando y repitiendo nerviosamente las olfaciones en la copa.
Se presenta con una vestimenta oscura, los antocianos después de veinte años siguen en su lugar. Es cierto que las tonalidades viran hacia el ladrillo, pero la compacidad del color es íntegra, como su bellísima luminosidad. Girando el vino en la copa, se forman lágrimas densas y espesas, signo evidente de una bella estructura, a la que los 14° de alcohol contribuyen sin duda. Poco a poco se abren aromas primero oscuros, terrosos, de grafito, turba y tinta. Aromas que calificar de terciarios sería incluso una simplificación. Luego descubrimos unas interesantísimas notas especiadas. No la vainilla de la madera, ya totalmente ausente, sino pimienta, clavo de olor, anís estrellado. Después sorprendentes matices afrutados, trazas de confitura de pequeños frutos rojos y una violeta seca.
Pasamos entonces al sorbo. Tras el primero, que sirve para "abocinar" nuestra boca, llega un segundo y otro tercero. Nos quedamos francamente sorprendidos por la bella frescura, que hace muy vivo este vino de veinte años. Frescura bien equilibrada por el alcohol y la grandísima suavidad. Con un tanino que calificarlo de sedoso sería casi redundante. Pero aquello que nos deja estupefactos es la longitud del vino, con retornos de pimienta y balsámicos de eucalipto.
Podríamos, y quizás deberíamos, haber esperado más para disfrutar de esta maravilla enológica, pero el tiempo, también en el Vinitaly, es siempre tirano y nos vemos obligados a despedirnos de nuestros cordiales anfitriones. Llevándonos la convicción de que al día siguiente esa misma copa nos habría reservado nuevas y espléndidas emociones.





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